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S
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i aquel día
viéramos la ciudad de Savannah desde la altura de un helicóptero la veríamos
totalmente cubierta por paraguas de todos los colores y todos los dibujos, con
flores, con coches, con pequeñas Hello Kitty dibujadas a la perfección en un
fondo rosa. Tendríamos la misma visión que llevaba siendo fotografiada durante
toda la semana. Pero aquel viernes era especial, no era un viernes cualquiera
en el cual los jóvenes se preparaban para disfrutar de la noche o los adultos
preparaban las vacaciones con sus familias.
Aquel viernes fue el elegido, como por obra divina, para que cinco
personas, que se encontraban perdidas, que se veían solas, abandonadas,
presionadas… que lo único que en aquel momento necesitaban era alguien que les
entendiera, alguien que comprendiera que hacían allí, se encontraran.
Una de esas personas era Alexander Franklin, pero más conocido como
Alec. Él seguía andando por las calles de Savannah sin ningún paraguas que le
tapara, le daba igual que las gotas de lluvia le estuvieran mojando toda la ropa,
él quería sentir como el líquido caía por encima de él igual que si estuviera
metido en una piscina y se encontrara en alguna de las competiciones a las que
acostumbraba participar y por las cuales se encontraban pensativo ese día y en
mitad de la calle en un día como aquel.
Pero Alec Franklin no era el único que aquel viernes se encontraba
perdido. Ava Hoffman también andaba a unas manzanas de distancia de Alec. Ella
no estaba pensativa por competiciones de natación, si en ese momento le preguntarás
si se preocuparía por una carrera acuática ella seguro que te contestaría que
no está para gastar sus preocupaciones en algo tan superficial. Su mente estaba
en los seres queridos que no volvería a ver hasta que la parca viniera a por
ella.
En la misma manzana en la que se encontraba Ava, pero por la acera de
en frente se encontraba Cornelia Lewis. Ella si llevaba un paraguas, no
soportaba que el agua le mojara su pelo y su ropa, para que después le costara
andar más de lo que le cuesta ya. Su paraguas era de un color amarillo chillón
y resaltaba en la calle, todo el mundo la miraba al pasar, pero Cornelia se
sentía que pasaba desapercibida y sentía como los edificios la miraban con los
ojos de Olive Simpson, la peor chica con la que se tuvo que encontrar en el
instituto.
Sentado al lado de un edificio, se encontraba Aiden Fox. El chico se
había apoyado contra la pared de un edificio de ladrillos rojizos y muy
antiguos. Una vez se apoyó los ojos de Aiden se habían cerrado y se había
quedado dormido. Todo el mundo pasaba por al lado de él y le echaba monedas en
el suelo a su lado. Pero Aiden seguía durmiendo, hasta que el claxon de un
Todoterreno lo despertó. Aiden miró a
todos los lados hasta que descubrió las monedas en el suelo. El joven las miró
extrañado durante unos minutos. Al final, subió los hombros y cogió su botín
mientras se levantaba para andar de vuelta a casa.
Por último, sentada en la parada del autobús se encontraba Liu Zhao.
Sus ojos estaban perdidos en la manada de hormigas que estaban metiéndose en un
agujero del suelo. En aquel momento, como si la joven tuviera la mirada de un
halcón, fue capaz de fijarse como una hormiga se caía al suelo por el peso que
llevaba encima y Liu sintió como ella estaba a punto de caerse, pero no por llevar
un alimento dos veces más grande que ella, sino por las presiones que tenía
encima. Lo único que le hizo salir de la ensoñación de las hormigas fue el
autobús, pero Liu decidió que lo mejor sería ir andando. Cogió su maletín del
clarinete y comenzó a andar en dirección a casa.
Alec, Ava, Cornelia, Aiden y Liu anduvieron, pero ellos no sabían que
el destino les estaba acercando al lugar que les ayudaría con sus problemas.
El primero en llegar fue Aiden, unos pocos edificios más donde él se
encontraba durmiendo fue donde se le cayó una de las monedas que le habían dado
los transeúntes y rodó en dirección a un edificio. Aiden la siguió y cuando la
agarró levantó la mirada y en la pared del edificio, con una letra en color
rojo leyó la siguiente oración: “Si estás perdido, mira al cielo y
encuéntrate”. Aiden no entendía mucho la oración y como él era bastante
curioso, miró al cielo y solo vio las nubes que lo cubrían, pero antes que
bajara la mirada se fijo en la azotea e igual que había hecho con las monedas,
subió los hombros y entró por la puerta del edificio en dirección a la azotea.
Al llegar no vio nada en especial. La azotea era corriente, igual que la de los
demás edificios. Pero algo allí le hacía sentirse tranquilo, le confortaba.
Aiden se fijó más en el lugar y empezó a andar en dirección a la parte de
detrás de la puerta, pero lo único que le llamo la atención fue algo brillante
que estaba al lado de la pared. Se acercó a ello y se encontró con una moneda
de cincuenta centavos. “Parece que hoy es mi día de suerte” pensó el joven.
Aiden abrió el paraguas rojo que llevaba en la mano y decidió sentarse
apoyándose en la pared. Había decidido esperar un rato haber si ocurría algo
que le abriera la mente. Pero el joven se acabó quedando de nuevo dormido. Lo
único que le despertó fue una voz. Al abrir los ojos Aiden se quedó
estupefacto, patidifuso, sorprendido con la belleza que tenía delante de él. La
joven le estaba hablando, pero Aiden estaba perdido en los ojos de la
adolescente plantada delante de él.
Ava se acabó cansando de la cara de estúpido que tenía el friki del
instituto, así que le acabó dando un tortazo despacio para que el joven saliera
de su ensoñación.
-
¡Hola!
¿Estás ahí?- Aiden se fijo en la chica que tenía delante, era la malota del instituto,
a la cual le tenía miedo todo el mundo debido a que era la mejor amiga de Maya
Simon. Aiden pestañeó un par de veces y se fijo en el paraguas verde manzana de
la joven.- ¡Pero me quieres contestar!- se alteró Ava cansada de que Aiden no
hablara.
-
Perdona,
¿qué me preguntabas?
-
¿Qué
por qué estás aquí?- Aiden pilló por sorpresa la pregunta, la verdad no
recordaba porque había subido allí arriba.
-
¿Por
qué estás tú?- el joven solo supo responder con una pregunta.
-
Yo he
visto el grafiti en la pared y me llamó la atención así que subí.- Aiden
recordó la oración.
-
Es
verdad yo subí por lo mismo.- Ava miró al chico y luego miró el resto de la
azotea.
-
Aunque
la verdad no sé el porqué he subido. Por cierto soy Ava Hoffman.
-
Ya sé
quién eres. Eres la mejor amiga de Maya Simon.
-
Pues
vale- Ava no sabía porque Aiden había puesto cara de terror. Sabía que Maya
tenía su carácter, pero normalmente defendía a los panolis como el joven que se
encontraba delante de ella- Bueno me vas a decir tu nombre o lo tengo que
adivinar.
-
Pues lo
vas a tener que adivinar- dijo Aiden para romper un poco la tensión, pero como
vio que Ava seguía seria dijo:- Aiden Fox.
-
Encantada.
Cornelia estaba subiendo las escaleras en dirección a la azotea, sus
piernas le estaban flaqueando en el cuarto piso. “Venga Lia, que solo queda una
planta” se dijo a sí misma. Por fin la joven llegó a la azotea. Y cuando abrió
la puerta lo que ella esperaba era encontrarse con algo alucínate, algo que le
cambiara la vida para siempre, pero solo se encontró con la lluvia y una azotea
mugrienta. Abrió su paraguas amarillo y salió afuera. Pero no había nada que
mereciera su tiempo. Así que se disponía a volver a bajar las escaleras,
decepcionada, cuando de pronto delante de ella apareció un chico. Cornelia se
quedó quieta. No era un chico cualquiera. Era Alec Franklin. Una leyenda de la
natación del Savannah High School, instituto en el que ella estudiaba.
-
¿Alec?-
el joven se quedó quieto al escuchar su nombre.
-
Perdona,
¿te conozco?- “Como siempre sabes los nombres de los populares, pero ellos el
tuyo ni para Dios”
-
Estoy
contigo en Francés e Historia. Soy Cornelia Lewis.- Alec la miró bien y por fin
la reconoció.
-
Ah, ya
sé quién eres- Alec reconoció a la chica con la que siempre se metía Cassandra
cuando estaba muy aburrida.- ¿Qué haces aquí?- preguntó el chico por fin, pero
Cornelia no pudo contestar porque aparecieron dos personas más. Cornelia los
reconoció al instante, cosa que Alec no hizo. La joven reconoció a Ava y Aiden.-
¡Hola! ¿Quiénes sois?- preguntó Alec un poco perdido.
-
Yo soy
Ava y el es Aiden, vamos contigo en el instituto.
-
Lo
siento no me… Espera tú eres Ava Hoffman, la amiga de Maya, ¿no?- Ava asintió y
Alec miró a Aiden quién tenía los ojos iluminados por la ilusión de que Alec le
reconociera, pero en cambio el otro chico dijo:- Tú sí que no sé quién eres.
-
¿Por qué estáis aquí los tres?- habló
Cornelia.
-
Por el
grafiti- contestaron los tres a la vez. Cornelia los miró sorprendida. ¿Era eso
una señal? ¿Por qué habían coincidido los cuatro en la misma azotea al mismo
tiempo? Cornelia se fijo en que Alec no tenía paraguas y estaba empapado así
que se acercó a él para taparlo.
-
A no
tranquila, estoy bien.- le contestó él. “Y luego el raro soy yo” pensó Aiden.
-
Bueno, ¿y
qué se supone que hay que hacer ahora?- preguntó Ava y los cuatro jóvenes se
miraron y luego desviaron la vista hacía el borde de la azotea. Los cuatro se
acercaron y miraron al suelo. En ese momento, la moneda que Aiden se había
encontrado antes le cayó en dirección a la calle.
Liu, seguía andando por la calle, metida en sus pensamientos. Pensando
en sus padres y en su hermano. Pensando en lo deprimente que era su existencia.
Cuando de pronto escuchó el sonido de una moneda al chocar contra el suelo mojado.
La miró. Se agachó. La cogió. La miró de nuevo y en ese momento se fijo en el
grafiti de la pared. “Si estás perdido, mira al cielo y encuéntrate”. Liu miró
al cielo y solo vislumbró las nubes y lo que parecían cuatro cabezas en la
azotea que se escondían en el momento en el que ella miraba hacia arriba. “¿Me
la tirarían aposta?” se preguntó a sí misma. Decidió subir las escaleras y
preguntárselo. Además el grafiti le había hecho preguntarse si ella estaba
perdida. Una vez delante de la puerta se frenó. ¿Y si resultaba que esas cuatro
cabezas eran la de unos yonquis que luego le harían daño? Pero la curiosidad le
era mayor, así que abrió la puerta y se quedó delante de ella al ver a los
cuatro chicos asomados de nuevo a la azotea.
-
¿De
quién es esto?- preguntó Liu haciendo que todos se giraran. Ninguno tenía la
disposición a contestar. Hasta que por fin Liu vio como un chico la levantaba con
miedo.
-
Mía-
dijo con un hilo de voz. Liu salió a la calle y abrió su paraguas violeta. Pero
ya no le hacía falta. La lluvia había cesado y el sol estaba empezando a
alumbrar las calles de Savannah. Los cinco jóvenes que se encontraban en la
azotea se miraron extrañados y cerraron sus paraguas.
Se quedaron quietos mirando los unos a los otros en silencio. Ninguno
se atrevía a abrir la boca. Cada uno estaba pensando lo extraño que parecía
todo aquello. El grafiti. La azotea. Encontrarse a los otros cuatro allí
arriba. Y lo más raro, que en el momento en el que los cinco se reunieron en la
cubierta, la lluvia había cesado y el sol alumbraba todo. ¿Era una casualidad?
¿O era que el destino les había unido porque los cinco se necesitaban
mutuamente para poder encontrarse? No lo sabían. Pero lo que pasó a
continuación les dejó más extrañados. Primero empezó a reírse a carcajadas
Aiden, luego le siguió Ava, a quien siguió Cornelia y al poco empezó Alec que
fue acompañado por Liu. Los cinco se quedaron riendo. Allí. De pie. En la
azotea que los había unido.
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